nada le hará arrepentirse de haberse demorado un poco
Minutos de oro
Acaba de salir de la ducha y de secarse. No le gusta llegar tarde a
ningún sitio, pero, no obstante, se viste con parsimonia, como si el
tiempo no existiera, eternizando los instantes, inundando el momento de
espiritual paz, sorbiendo algo que puede ser la vida.
Cada
movimiento que hace, en el proceso de vestirse, es como una ruptura de
ese estado anímico, como una vuelta a la vida dinámica. Por eso los
movimientos son lentos y espaciados. Su mente va del pasado al futuro,
del recuerdo a la imaginación, sin orden ni concierto, dejándose llevar
por la inercia, sin pretensiones de ningún tipo, sino simplemente
disfrutando del relajamiento del momento.
Es un momento como
esos en los que ni las hojas de los árboles se mueven; como un ir y
venir, sin ir a ninguna parte, ni volver tampoco; como esas olas del
mar, que llegan mansas y acarician y se van; como esa brisa que protege
de los rigores del verano; como esa mirada dulce que nos convence de que
vivimos en el paraíso; como ese sueño del que no queremos salir; como
ese trago de vino que se retiene en la boca.
Se va poniendo
prenda tras prenda con la cadencia propia de la lentitud, con el
espíritu aparentemente lejos del cuerpo, con el ánimo tranquilo y
dispuesto a ahuyentar cualquier intento de dar prisa que provenga del
cerebro.
Finalmente, se ha terminado todo. Apenas han
transcurrido unos pocos minutos, muy pocos más de lo que hubiera
necesitado el normal proceso de vestirse, pero una vez acabado no
renuncia a ese tiempo de demora con el que se ha deleitado.
Y
sale a la calle con la seguridad de que llegará a tiempo, de que nada
le hará arrepentirse de haberse demorado un poco en un momento concreto.
Quizá piensa que ser feliz consiste en saber detener el tiempo de vez en cuando.
Acaba de salir de la ducha y de secarse. No le gusta llegar tarde a
ningún sitio, pero, no obstante, se viste con parsimonia, como si el
tiempo no existiera, eternizando los instantes, inundando el momento de
espiritual paz, sorbiendo algo que puede ser la vida.
Cada
movimiento que hace, en el proceso de vestirse, es como una ruptura de
ese estado anímico, como una vuelta a la vida dinámica. Por eso los
movimientos son lentos y espaciados. Su mente va del pasado al futuro,
del recuerdo a la imaginación, sin orden ni concierto, dejándose llevar
por la inercia, sin pretensiones de ningún tipo, sino simplemente
disfrutando del relajamiento del momento.
Es un momento como
esos en los que ni las hojas de los árboles se mueven; como un ir y
venir, sin ir a ninguna parte, ni volver tampoco; como esas olas del
mar, que llegan mansas y acarician y se van; como esa brisa que protege
de los rigores del verano; como esa mirada dulce que nos convence de que
vivimos en el paraíso; como ese sueño del que no queremos salir; como
ese trago de vino que se retiene en la boca.
Se va poniendo
prenda tras prenda con la cadencia propia de la lentitud, con el
espíritu aparentemente lejos del cuerpo, con el ánimo tranquilo y
dispuesto a ahuyentar cualquier intento de dar prisa que provenga del
cerebro.
Finalmente, se ha terminado todo. Apenas han
transcurrido unos pocos minutos, muy pocos más de lo que hubiera
necesitado el normal proceso de vestirse, pero una vez acabado no
renuncia a ese tiempo de demora con el que se ha deleitado.
Y
sale a la calle con la seguridad de que llegará a tiempo, de que nada
le hará arrepentirse de haberse demorado un poco en un momento concreto.
Quizá piensa que ser feliz consiste en saber detener el tiempo de vez en cuando.



























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