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Miércoles, 02 de Noviembre de 2011 Tiempo de lectura:
Ayer 1 de noviembre nuestros cementerios rebosaban de ciudadanos que visitaban a sus difuntos

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

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Un año más,  ayer 1 de noviembre día de todos los santos,  se repitió en todos los rincones de España, la "obligada" visita que hacemos a nuestros familiares y seres queridos que ya no se encuentran entre nosotros. 


Como cada año, viene a mi memoria la poesía de Becquer  y es que nada como un poeta para describir sentimientos.


Hoy como siempre, muchos ciudadanos se han acercado  a los cementerios, para dejar ver la magnificencia de  nuestra era en el que los sentimientos se mezclan con un  fastuosidad consumista exacerbada. Tan solo  uno se ha de fijar en los arreglos florales que por un día, inundan nuestros camposantos.  


Siempre he pensado, de forma personal, que ojalá nos acordásemos de ellos durante el resto del año, del mismo modo que el 1 de noviembre la gente acude en masa para no regresar de nuevo hasta el próximo año. Salvo excepciones, durante los restantes 12 meses  y en circunstancias especiales, poco más nos acercaremos de nuevo a visitarlos.


Hoy nuestros cementerios vuelven a quedarse solos.


Razón tiene nuestro poeta, para escribir estos versos:


 Cerraron sus ojos que aún tenía abiertos, taparon su cara con un blanco lienzo, y unos sollozando, otros en silencio, de la triste alcoba todos se salieron.

La luz que en un vaso ardía en el suelo, al muro arrojaba la sombra del lecho; y entre aquella sombra veíase a intérvalos dibujarse rígida la forma del cuerpo.

Despertaba el día, y, a su albor primero, con sus mil rüidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterio, de luz y tinieblas, yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! 

De la casa, en hombros, lleváronla al templo y en una capilla dejaron el féretro. Allí rodearon sus pálidos restos de amarillas velas y de paños negros.

Al dar de las Ánimas el toque postrero, acabó una vieja sus últimos rezos, cruzó la ancha nave, las puertas gimieron, y el santo recinto quedóse desierto.

De un reloj se oía compasado el péndulo, y de algunos cirios el chisporroteo. Tan medroso y triste, tan oscuro y yerto todo se encontraba que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

De la alta campana la lengua de hierro le dio volteando su adiós lastimero. El luto en las ropas, amigos y deudos cruzaron en fila formando el cortejo.

Del último asilo, oscuro y estrecho, abrió la piqueta el nicho a un extremo. Allí la acostaron, tapiáronle luego, y con un saludo despidióse el duelo.

La piqueta al hombro el sepulturero, cantando entre dientes, se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto: perdido en las sombras yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

En las largas noches del helado invierno, cuando las maderas crujir hace el viento y azota los vidrios el fuerte aguacero, de la pobre niña a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia con un son eterno; allí la combate el soplo del cierzo. Del húmedo muro tendida en el hueco, ¡acaso de frío se hielan sus huesos...!

¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos.

 

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